CON EL RECUERDO DE MI OLVIDO DENTRO, LA MÁQUINA DEL MUNDO Y RAMÓN ASQUERINO FERNÁNDEZ

Cuando volví a ver al profesor Ramón Asquerino Fernández, 45 años después de ser mi profesor de Literatura en el colegio el Picacho, pensé que aquel gran culpable de que me enamorara de la Literatura no podía irse de rositas, así como así, después de las miles de horas que yo había dedicado a los libros y a las letras durante tantos años.

En juicio sumarísimo fue declarado culpable, así que lo primero que hice fue obligarlo a leer mi novela La máquina del mundo y, lo segundo, preguntarle si cuanto yo escribía podría ser considerado como Literatura después de lo leído y escrito durante todo este tiempo.

Sin remedio, también aceptó a escribir el prólogo de la novela, un prólogo literario a más no poder, (les juro que no lo obligué); pero es que además, con palabras templadas, también le pedí que presentara la novela en los jardines del Club Náutico de Sanlúcar de Barrameda, ante una nutrida asistencia, culta y viva. También accedió y para ello la preparó a conciencia y escribió un completo texto acerca de La máquina del mundo. No pudo estar presente, pero sí lo estuvieron sus palabras. Aquí se lo dejo, que completa y aumenta lo escrito por él y publicado en el prólogo del libro.

Gracias, Ramón Asquerino Fernández, Catedrático de Literatura, Doctor en Filología Española.

 (Sanlúcar, jueves 18 de agosto de 2022, 21:00)

La máquina del mundo: 2022, Norberto Ruiz Lima. Ediciones Ruser. 

 Antes de adentrarse en la lectura de los 20 capítulos de la novela, el lector se encuentra con cuatro escritos: Una autógrafa dedicatoria del autor, pulso azul en esta editio princeps: «Este es el primer libro que salió de la imprenta y no podía ser sino tuyo. 14 de junio de 2022». Más tres citas muy sugerentes e imprescindibles para entender la obra: Una de Wittgenstein: «La totalidad de los hechos existentes junto con la totalidad de los hechos inexistentes es la realidad»; más abajo, la segunda de su admirado Borges: «porque la máquina del mundo es harto compleja para la simplicidad de los hombres», de donde el autor ha extraído oportunamente el título de su novela. Estas dos configuran esa mezcla de tiempos, de hechos que trascienden la propia realidad, pero que se incrustan en ella, en la línea de la reciente exposición en la BNE Relaciones verdaderas de sucesos, como la leyenda del peje Nicolau. Y una tercera y última anotación de José Santiago Candocia, personaje fundamental en la narración, pues es escribidor de cartas, amante, inventor de bardos, liberal, «el hombre nuevo» de los novatores, trasunto de Cide Hamete Benengeli, narrador, poeta representante de ese realismo descarnado que da al traste con el romanticismo, y que escribe: «No me canso de oír el roce de tu cuerpo mientras la desnuda proa abre el mar al conocerlo», que preside la cubierta y contracubierta de la obra y acompaña todas las cubiertas de los barcos del capitán que navegan por mares de páginas.

Este marco, pues, encuadra cuatro referencias: dos al mundo real, del pensamiento, Wittgenstein, y de la literatura, Borges, al que Norberto acaba de visitar en Ginebra; otra, desde ese fondo azul de espumas y abrazos a su amigo, y una final ficcional de José Santiago Candocia, que es un fingidor, un poeta espejo —aquellos vivos Espejos desvelados de mi amigo Julio Asencio— al modo del Octavio Paz de El arco y la lira: «el poeta es un mentiroso». Mundo, en fin, en la narración que combina  imágenes especulares, realidades y fingimientos, estos al eco también de Fernando Pessoa, tan admirado por Norberto: «[el capitán Pascual Pareja] frente al espejo vio que en realidad era un fingidor», p. 23.

Reales resultan, sin lugar a dudas, las voces amigas de Luis Livingstone, creador de la cubierta, que revive recuerdos musicales tan huidos como sin olvidos: salve, Raffaello; y la de Antonio Ramos, desde la SER a ser hoy portavoz de un texto con vida propia. Ambos se explayan, «sonidos negros», en esta «noche escura», pero sin «dolor oscuro», cuyas almas de duende trasvuelan, se nos encienden por la piel con sus manos «almadas».

Como se dice en el Prólogo, al que solo me voy a remitir de pasadas y a procurar no repetir, estamos ante una novela neobizantina al modo de aquella Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia septentrional que cuenta los amores cohibidos de Periandro y Auristela, desde aquellos lugares remotos, descubiertos y descritos por Cervantes. Bizantina, por sus largos recorridos, peripecias, combates marinos, trabajos, historias de amor y desamor, espacios exóticos y piraterías, muy cercanas estas a la también cervantina El amante liberal, a los tristes sucesos de los cautivos del Quijote I 39-41, al peligro de las naves del Reino Unido en La española inglesa o referentes al soneto «Vimos en julio otra Semana Santa», satírico burlesco ante la pasividad del saco de Cádiz por parte de los ingleses, en 1596.

Abrimos el telón con los capítulos 1 y 2 —y el último, el 20, que también se llama así, en clara estructura circular—, que se titulan La Milagrosa, nombre de la goleta del capitán, como si la narración también tuviese, y lo mantiene, rasgos milagrosos con los tiempos, los puntos de vista y perspectivas. Estos tres capítulos, bajo planos diferentes, establecen el tema-eje de la novela, sobre todo el 1, que funciona como una tensión germinal de toda la narración, porque abarca desde un amplísimo vocabulario marinero, herencia del gusto por la mar que heredó de su padre —Norberto también, y seguro que de su madre, Charo, aquí presente— hasta casi todos los misterios que después se desarrollarán entre unas fechas que oscilan desde finales del XIX y principios del XX, época en la que vivió el periodista sanluqueño Joaquín López Barbadillo, con cuya afición a lo erótico coinciden Pascual Pareja (p.87) y el literato. Este entre libros y Madrid, aquel capitán junto a bucaneros, contrabandistas oceánicos, pechelingues, piratas del mar a fin de cuentas, y adinerados empresarios no menos salvajes, bajo «las estirpes reinantes», p.41, y la política del momento (p.105) sometida a las espadas de Espartero y O’Donnell. Bien es cierto que algunos de ellos fueron empresarios honrados y florecientes «indianos burgueses», como los denomina Santiago Pérez del Prado; Santiago: ¿se llegaron a conocer el capitán y el periodista por las calles de Sanlúcar? Habrá que preguntárselo también a Salvador Daza y a Salvador Sole para sus nuevos y eruditos escritos. Yo interrogaría al bueno del abuelo de Fran, si vio, desde su atalaya diaria de albas, el nervioso perfil del capitán.

En medio, la violencia estalla, salta y salpica por Marejadas, huele, se toca áspera y sabe amarga, a la que hay que añadir el impetuoso comportamiento lujurioso de Pascual Pareja. Sin embargo, el género epistolar, con el que se inicia el capítulo 2, amaina ese temporal en paquebotes o por tierra. Cartas con un yo ficticio  desdoblándose hacia varias formas del tú que llenan los ojos de amor, por ejemplo, en un cuarteto y a través de fragmentos líricos de la excelente prosa de Norberto. «Escucha mi silencio con tu boca», escribía Manuel Altolaguirre, endecasílabo que bien caracterizaría el plano largamente amoroso de la novela, como esa intensa relación amorosa, al principio en secreto y prohibido silencio, entre Isabel Guzmán y Regina, que se desarrolla desde los capítulos 11 al 20, y que supera una mera historia intercalada; o como la micronarración de amor espléndida en La Algaida del capítulo 4, que cuenta la inmensa sonata de María sacrificada y el hijo del marqués de Benagua en medio de la epidemia de cólera de 1890, y algunas otras intercaladas que se cruzan en la narración, pero subordinadas siempre a la constante de «una pena espesa, minuciosa», como escribe Alejandro Zambra en su gran Poeta chileno, la novela de las frecuentes despedidas, renuncias que concurren también en La máquina del mundo, que es un adiós constante más allá de la muerte.

Sí, porque la medula ardiente de la novela de Norberto es el palatum cordis, el paladar del corazón, que sabe a «tormentas saladas» en la boca del capitán, que se rocía con esas reiteradas aventuras de los peculiares argonautas, los artilleros vascos, por los mares del Plata, Brasil, Chile y Uruguay, entre Camboya y Londres, el Norte de África en Cabo Verde, Las Guayanas, el Amazonas, Cuba, Barcelona, la ciudad norteña en el olvido de su nombre, hasta llegar a la Algaida y Sanlúcar, como una Magallánica. Y el protagonista será un auténtico peregrino, o sea, un extranjero, cuyos viajes conforman esta novela de aventuras preferentemente marinas, aunque no faltan las de tierra firme, seca y agria, áspera, violenta al máximo, a veces cercana a la llamada «poética del vómito» de nuestra picaresca, como, por poner otro ejemplo fuera del Prólogo, en el caso del juez de mar o del recuento de las cabezas humanas, que bien recuerda a nuestro RomanceroLos siete infantes de Lara, y esa violencia continua, que continúa como un Martirio de San Bartolomé de Ribera reiterado hasta el  olor acre y el intenso dolor de las heridas.

Así, se pinta La máquina del mundo de una policromía: ese sabor a rojo sangre, a pensamientos oscuros derramados del capitán, sus peculiares tripulantes de ojos en claroscuro y manchas rojizas, el verde en las olas, los abordajes en viscoso rojo demediado, esas historias de amor cruentas, cortadas a cuchillo, pero en tinta negra de humo escritas por el poeta José Santiago, con espías gris traición, y persecuciones por las exuberantes selvas verde ceniza entre tribus bajo el añil cielo, salvajes lugares algunos de cuyos dominios descubren una nueva lengua, intonsa blanca espuma aún, la Nova, de la que se interesa el buen filólogo, nuestro autor, también metapoeta entre vocales preponderantes y ese realismo descarnado, p.87.

Si me das a elegir…, yo me quedo con la poética del lirismo de Norberto, los besos de Ana, p.39 —la Sinclair de Las mareas no suelen equivocarse— que configura ya un estilo propio del narrador, ese que recorre más que contra los hatajos de pechelingües de tierra y mar, todos los caminos, sin atajos, por estas trescientas páginas. Y por ahí es por donde, contrastes de luz y sombras en las imágenes del capitán, saltan la poesía de Santiago y la de Norberto, que, juntos, como dos fingidores, crean, recrean y reescriben las andanzas de este villano noble, innoble de póquer de corazones arrancados entre mástiles, escotas, drizas, masteleros, foques, bauprés, aves marinas baladreras, amuras, mesanas, vela cangreja, y Góngora, como prolepsis en el soneto CLXVI, Mientras por competir con tu cabello, con un guiño o juego: «En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada». Y, al final, p.323, nuevo envite a la estructura circular: «ceniza y polvo». Sexo a bocanadas, como la belleza negra de Celia de la Cruz, pero también de amores que rompen y rasgan las fronteras de los calendarios y «las galerías del alma». Por la novela laten nuestro enorme Juan de la Cruz bajo su «noche escura», García Márquez, Cortázar —pues, en cierto modo, la novela es una Rayuela de tiempos: «cruce de tiempos», p.108—, el realismo mágico, Borges, o sea, la literatura latinoamericana de la que es conocedor profundo el autor; más, Garcilaso, Juan Ramón Jiménez, Cadalso, la Celestina, Aleixandre, Baroja, Moratín, Galdós, Cervantes, Calderón, quienes palpitan hacia un desenlace dilatado como El amante liberal. En suma, novela neobizantina o neonovela bizantina, con un colofón-cierre como el de Poeta chileno, 14ª edc. 2022, intensa plenitud de novedad.

Con el recuerdo del olvido dentro camina el capitán hasta el final: «Ya no se puede ni huir», pero la memoria y Pascual Pareja «se escaparon como dos ladrones de belleza» (David Foenkinos. Hacia la belleza). Con el recuerdo del olvido dentro, es el verso que titula esta lectura, principio y llegada de esta mi exposición, imitando la estructura circular de Norberto. Novela, pues, que se desarrolla dentro de un juego de tiempos en el que el autor nos gana con su póquer narrativo.

Y un poeta olvidado, exiliado, andaluz, que nos acerca a estas Islas invitadas, que son el marco, el riomar, los amigos, Doctor Livingstone, Antonio Ramos, Juan Alcón, empresas y entidades colaboradoras. Y con la tarde en vistas de noche Manuel Altolaguirre, nos despide aconsejando la lectura de La máquina del mundo:

 
«La noche —negro médico—
le toma el pulso al río
y despide a la tarde,
que se va para América,
leyendo en la cubierta
en su gran trasatlántico.»
 «Manantial  y ocaso»: Las islas invitadas, 1926.

Gracias.
  
Ramón Asquerino Fernández: Costa Ballena, jueves 18 de agosto de 2022, 09:35.

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