FLORES PARA HITLER, UN POEMA PARA GOEBBELS Y UNOS VERSOS DE LEONARD COHEN

Uno de ellos rompe su poema de amor cerca del muelle donde gente rubia carga chatarra en oxidados submarinos. El otro, en las calles de Viena vende sus dibujos; sobre todo, de edificios, casas y lugares públicos; mientras una negra con gran apetito le ayuda a pensar que él no era blanco; perdido en una oscuridad, el líder comenzó un discurso racial.

El primero, con una cojera más que aparente que lo declaró no apto para su ingreso en el ejército alemán, ha estudiado filología clásica y no deja de escribir poemas cada noche. Se sentó sobre un poco de sal derramada y se preguntó si volvería a encontrar alguna vez las cicatrices de las farolas, úlceras de verja de hierro forjado. Ya terminó su doctorado en Heildelberg sobre el dramaturgo romántico Wilhelm von Schütz, dirigida por un profesor judío, Max Freiherr von Waldberg. Ninguna de sus obras vivirá ni una voluta de éxito.

El segundo, al que le apuntan una impotencia devenida durante la primera gran guerra y una desaforada afición a la pintura, ha dibujado cientos de cuadros y malvive como puede por las calles de Viena, vendiéndolos. Cuadros de SS despiertan en nuestras mentes donde comenzaron antes de que les canjeáramos a aquel reino factual y vacío que nosotros poblamos con las sombras que agitan nuestra paz interior. Ha intentado por dos veces ingresar en la Academia de Bellas Artes. Lo rechaza un profesor judío. No ha conseguido con sus dibujos ni una voluta de éxito.

Ni el primero logra ser escritor, ni el segundo dedicarse a la pintura. Han decidido organizar un partido político en Alemania. El segundo se hará con el timón del partido, pues son mayores sus inquinas; mientras que el primero se dedicará a la propaganda por su sólida formación en letras. Pero, claro, a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría votar en un país tan civilizado como Alemania a dos fracasados artistas, llenos de rencor  y con una desafortunada y velada preparación para la poesía romántica y la pintura geométrica. Podemos estar tranquilos.

Pasa el tiempo y setenta años después un poeta canadiense sueña, como en una pesadilla, que durante las elecciones de 1933 en Alemania, ese pintor de poco valor, inepto para el arte del dibujo, ha ganado las elecciones y es nombrado canciller en Alemania; y que el escritor y poeta frustrado se ha convertido en ministro para la Ilustración Pública y Propaganda. ¡Hay que ver cómo sueñan los poetas!: No importa. Aparecen como amapolas junto a las tumbas y las bibliotecas del mundo real. El vasto designio del líder, la inclinación de su barbilla parecen excesivamente familiares para las mentes tranquilas.

Menos mal que los sueños de los poetas nunca se cumplen y Europa vivió en paz el pasado siglo XX; porque claro, a nadie con dos dedos de frente se le ocurriría votar en un país tan civilizado como Alemania a dos fracasados artistas, llenos de rencor y con una desafortunada y velada preparación para la poesía romántica y la pintura geométrica. Podemos estar tranquilos.

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