VOLVER AL JARDÍN DE EPICURO, DONDE APRENDÍ A SER RICO

Un perro, que viene de una protectora y de vivir enjaulado me ha recordado este último mes que soy rico, que soy inmensamente rico, ¡riquísimo!; y mira que muchas veces he sido consciente de ello, pero frecuentemente se me olvida. Esta vez lo he recordado en La Milagrosa cuando he vuelto esta Semana Santa.

Volver a casa, a La Milagrosa, es volver al jardín y al huerto de Epicuro; al huerto de Steersman. Buenas tertulias hemos pasado allí durante muchas tardes buscando la felicidad, la felicidad individual, lejos de toda trascendencia; porque quienes nos reuníamos allí andábamos muy lejos de cualquier tipo de vana pretensión social, económica o cultural. Éramos nada y nada perseguíamos, más que tomar un café a la sombra de un naranjo que daba limones o de un membrillo que daba albaricoques en el mágico huerto de Seteersman.

En el jardín de Epicuro de La Milagrosa aprendimos que el placer es el comienzo, el fundamento y el final del vivir feliz. Pero no entiendan esa búsqueda de placer de una manera simple; porque si quieren tener placer con la comida, mejor hacer un almuerzo frugal; si quieren placer con un trozo de piel, mejor vivirlo buscando el bien de las dos almas o si quieren placer de espíritu, mejor vivirlo en la amistad que muy a menudo es rondada por la felicidad. La palabra placer, mal entendido, es lo que convirtió a Epicuro en un perseguido. Tal vez, por eso se han perdido todas sus obras.

En el jardín de Steersman no se hacían distinciones y era permitida su entrada a cualquiera; si Epicuro en sus clases de filosofía en Atenas era el único que admitía esclavos y mujeres; ¡qué íbamos a decir nosotros, que somos nadie, en un jardín en Sanlúcar!

Así que allí nos sentábamos todos, a la sombra de los árboles, ignorantes y sabios, tristes y alegres, antiguos y modernos, jóvenes y viejos. Allí era libre de entrar todo aquel que hiciera sonar la campana de bronce que un lejano día andaba colgada en el puente de la goleta La Milagrosa, porque bien sabíamos que vana es la palabra que no remedia ningún sufrimiento del hombre y que la dicha no la proporcionan ni las riquezas múltiples ni la importancia de las ocupaciones ni los cargos ni poderes sino la ausencia del sufrimiento, la mansedumbre de las pasiones y la disposición del alma que sabe delimitar lo que es por naturaleza.

En tiempos de nísperos comíamos nísperos, en tiempos de naranjas pues naranjas y en tiempos de ciruelas, ciruelas; con la única condición de tirar los huesos a la tierra que harían brotar nuevos árboles; pues, pronto se aprende en ese jardín, había que dar las gracias a la naturaleza porque hizo fácilmente accesible lo necesario y muy difícil de obtener lo innecesario. Eso sí, te tenían que gustar los perros y los gatos porque también para Charo el jardín era un lugar de acogida de estos mágicos seres que, cuando eran multitud, no hacían la vida, en su sentido estricto, tranquila.

Pues he vuelto al huerto de Epicuro esta Semana Santa, pero ahora hago allí poco más que leer y recordar, porque hace unos años que toda esa gente, grande y pequeña, ignorante y sabia, que se reunía en ese jardín ha ido desapareciendo para siempre en manos del tiempo. Y he viajado con Newton por primera vez y cuando el podenco ha visto el esplendor en la hierba ha empezado a correr sin motivo, y me dio la sensación de que gritaba: «¡Soy rico!, ¡soy rico!, ¡y yo sin saberlo!»

Inmediatamente, como la vida nos convierte en seres eminentemente prácticos, le he corregido: «No Newton, no somos ricos». Y él me ha contestado: «¡Qué va, quillo, (ya se ha hecho sanluqueño el podenco)!, ¡Qué va, mira! Tenemos el sol que ha salido hoy, hemos vuelto de la playa y del inmenso océano, podemos comer unos nísperos, tenemos un techo, no estamos encerrados, ni estamos solos. ¡Somos ricos!»

He recordado de donde venía Newton y le he entendido rápido. Y también he recordado la definición de riqueza que, cuando cobré mi primer sueldo, me dio Steersman: «Norbe, si no te gastas todo lo que ganas, siempre serás rico».

He intentado hacerle caso en todo momento cuando las circunstancias me lo han permitido; por eso, cuando era un joven alocado alquilé una casa que no me gustaba tanto, pero que me permitía que me sobrara dinero para ser rico, como me aconsejó Steersman. Era un apartamento en un barrio difícil, muy pequeño y sin calefacción, pero como estaba con una joven guapa siempre dormimos desnudos y nunca tuvimos frío, porque como dice la canción: «a cinco bajo cero nos seguía sobrando la ropa». Y encima seguía siendo rico; porque sabía, alguien lo dijo una vez en el jardín de Steersman, que si vives según la naturaleza nunca serás pobre y si vives, según las opiniones vanas, nunca serás rico.

También recuerdo que fui muy rico en la playa de La Jara. Como era otoño estaba deshabitada, al igual que las almas solitarias, y también me invitaron a bañarme con poca ropa en la más grande y mejor piscina del mundo: el océano Atlántico. Tampoco tuvimos frío esa tarde porque éramos ricos.

Y esta mañana he sido rico cuando he ido a la charca a buscar renacuajos con Newton y Jorge. Nada más atravesar la frontera del campo, Newton ha empezado a correr y me ha vuelto a dar la sensación de que gritaba: «¡Soy rico!, ¡soy rico!».

Siempre es bueno que, de vez en cuando, alguien nos recuerde que somos ricos y que es más fácil de lo que parece ser un poco feliz.

Pues sí Newton, has tenido que venir a recordármelo: «Somos ricos, ¡Somos ricos!, que digo ricos, ¡somos muy, muy ricos!» Seguiremos buscando la felicidad y el placer en manos de Epicuro y rememorando aquel jardín de Epicuro, el jardín de Charo y Steersman, en el que viví.

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