ASÍ HE TERMINADO SIEMPRE EN RUSIA

Igual que una vez al año suelo ser por un día el alférez Christoph Rilke buscando su muerte; durante algún tiempo más me convierto en el teniente Schmidt para recordar, al leer su testamento, que es vano, en años caóticos, buscar un fin feliz. Para unos el castigo y el arrepentimiento, para otros terminar en el Gólgota… Para mí sería más pesado, y del camino recorrido ahora no me lamentaré.

Por eso, por amor a la Literatura, no hay más remedio que, de vez en cuando, viajar a Rusia. Yo lo hago todos los años, al menos una vez. ¿Dónde si no puede uno tropezarse con esas historias en manos de gigantes que portan siempre esa condición extraña de no saber qué lugar de la geografía ocupan?

 Además, yo también me enamoré de Lara, una mujer rusa de novela francesa: ¿Por qué ha de ser éste mi destino —pensó—, verlo todo y sufrir por todo? El tiempo luchaba por no empeorar. Las gotas de lluvia dejaban oír su tictac sobre el hierro de los canalones y de las cornisas, y cada tejado transmitía sus rumores al tejado vecino. Era la época del deshielo. En un estado de inconsciencia Lara recorrió toda la calle, y sólo al llegar a casa se dio cuenta de lo que había ocurrido.

Rusia, sin necesidad de leer a Dostoievski, está llena de fantasmas y demonios; algunos llegaron de Oriente; otros, la propia Rusia los crio y los hizo crecer; pero, otros llegaron tan directamente de Occidente; que hicieron que el pueblo ruso creyera llegar siempre tarde a su destino. Veo, como Pasternak, el futuro con tanta claridad como si tú lo hubieras detenido. Y ahora, igual que hacen las sibilas con su profético poder, capaz soy de predecir. En el templo caerá el dosel mañana, en apartados grupos estaremos y bajo nuestros pies la tierra temblará movida, quizás, de compasión hacia mí.

Donde siempre estamos nos han llevado una y mil veces, ¿verdad, Pasternak?, los políticos mediocres que nada tienen que decir a la vida ni al universo, fuerzas históricas de segundo plano, cuyo interés es que todo sea mezquino, que se hable siempre de algún pueblo, a ser posible pequeño y desdichado, que se les permita hacer la ley y explotar la piedad. La víctima señalada es todo el pueblo.

Todo el pueblo…, que es una única persona que llora lágrimas de sangre abiertas en diferentes lugares, pero con los mismos infinitos dolores, ya sea, en un lugar de Bosnia, de Kosovo, de Líbano, de Mali, de Afganistán, de Irak o de Ucrania. En Zagreb, donde fui unos días de comisión al Cuartel General de la ONU y desde donde se llevaba toda la logística de la Guerra de Bosnia, conocí a un comandante ucraniano, y pensé que era una buena señal que estuviéramos juntos trabajando en la misma mesa.

Viví la caída del telón de acero, único motivo por el que viajé a Berlín, soñando que todos los países del Este entrarían en la Unión Europea, e incluso en la OTAN; también Rusia, ¿por qué no? ¿Quién puede negarse a ello? Se acabó, me dije, por fin. Pero, algo debió de salir mal en aquella reunión entre Bush y Gorbachov, por donde andaba James Baker anotando conciertos. O, tal vez, algo salió mal por uno de esos fantasmas o demonios que siempre nos devuelven a la casilla de salida de la guerra para vivir de nuevo un tiempo irreparable donde siempre sufren los mismos. Como decía mi padre: «Siempre vivimos en tiempos irreparables, aunque como los vivimos nosotros creemos que son únicos».

Desde entonces, sé que estas historias, siempre acaban igual. Lo he visto mil veces en cuerpos distintos y en geografías muy dispersas, pero con la misma alma: 

Por las mejillas de Lara corrían lágrimas silenciosas de las que ella no se daba cuenta, como la lluvia que en aquel instante caía sobre las caras de las figuras de piedra de la «Casa de las estatuas», allí delante. Dijo simplemente, sin generosidad, sumisamente: «Haz lo que te parezca. No te preocupes por mí». Y como no sabía que estaba llorando no se secó las lágrimas. 

Así siempre he terminado en Rusia, entre lágrimas, sin saber que estaba llorando.

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